el edificio favorito de… jacobo garcía-germán

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Mi edificio favorito es cualquier edificio, probablemente residencial, que, a pesar de insertarse con aparente naturalidad en su entorno, esconda en su interior la posible redefinición o invención de un cierto perfil de usuario urbano, habitualmente sofisticado e iconoclasta, a cuyo carácter ha dado forma y que asimismo se resume en las características del edificio.

Es decir, mi edificio favorito es un edificio en la ciudad, que quizás pase desapercibido a primera vista, pero que esconda en su interior el pasado, presente o futuro, de la aparentemente ingenua intención de la arquitectura por “inventar” un usuario y una forma de vida, y que esta “invención” se manifieste en un vínculo entre tipología, carácter y programa.

Pues a pesar de la aparente inocencia de este objetivo, (proponer una forma de vida a partir de la arquitectura), es en el cruce entre la sedimentación natural, orgánica, de la arquitectura en la ciudad y la erupción explosiva que en su interior pueda latir por la promesa de una vida nueva o distinta, donde radica la posible capacidad de ésta para ser al mismo tiempo un servicio y un desafío; un recipiente (alojar unas funciones, cumplir unos requerimientos), y una proposición (hacer que la arquitectura cambie nuestra vida e incluso nos sitúe en un plano paralelo al del mundo real).

Existen muchos ejemplos memorables que se puedan adscribir a esta doble condición, urbanidad y fantasía, casi siempre alejados de cualquier posición paradigmáticamente “Moderna” o estilísticamente ejemplar: Dakota Building y San Remo Apartments (Nueva York), High Point II y Trellick Tower (Londres), Marina City o Lake Shore Drive (Chicago), La Pedrera y Walden 7 (Barcelona); Nakagin (Tokio) o Copan (Sao Paulo), entre otros muchos. En Madrid, Torres Blancas, Eurobuilding II o la Casa de las Abejas. En todos ellos asistimos a la voluntad, casi diría a la ilusión, por diseñar a un nuevo usuario, un nuevo ciudadano, inédito hasta entonces, a través de la arquitectura, su imagen, su jerarquía entre dispositivos, su propuesta tipológica,… En todos ellos se conjuga la intención de aglutinar programas diversos al servicio de una experiencia orquestada en aras de este usuario creativo, se organizan con radicalidad los solapes entre movimientos circulatorios complejos (automóvil, personas, redes energéticas,…), se incorporan fragmentos de espacio público, se adjetiva la gran escala en dialéctica con la ciudad y, en definitiva, se organizan operaciones que partiendo de un alto grado de pragmatismo (normativo, constructivo, económico), apuntan hacia posibles utopías urbanas; nuevos mundos dentro de este, mundos paralelos en los que todo, desde la forma de acceder hasta el tirador de las puertas, pasando por la idea implícita de sociedad, miniaturizada en el edificio, construye una propuesta de vida complementaria a la vida genérica, normal, de la ciudad.

Señalemos provisionalmente el conjunto Tudor City en Nueva York como resumen de todas estas intenciones. En este caso con la añadida característica de la invención del nombre de este complejo urbano como prueba irrefutable del vínculo entre arquitectura y ciencia ficción, una relación pocas veces explicitada y no obstante crucial para evaluar los anhelos y deseos de una sociedad. Pues en efecto, “Tudor City” no es ni una “ciudad” ni es “Tudor”, y no obstante la voluntad publicitaria y comercial de denominarla de esa forma sitúa al proyecto (y a tantos otros que reciben nombres o eslóganes en apariencia irreales) en el plano de lo imaginario, en el lugar de los deseos más que de las realidades, algo imprescindible para activar el deseo colectivo y transformar la arquitectura en un objeto con capacidades empáticas; inventarse un usuario y un forma de vida capaces de transitar hacia un mundo paralelo.

Construido en Nueva York entre 1925 y 1928 por la Fred F. French Company con proyecto del arquitecto H. Douglas Ives, el conjunto Tudor City recogía la necesidad de dotar a los trabajadores del “Downtown” neoyorkino con la posibilidad de vivir cerca de sus puestos de trabajo y erigió, en un gran fragmento al sur del “Midtown” originalmente denominado Goat Hill, un conjunto que incluía 15 edificios con 3.000 apartamentos, dos parques, un pequeño campo de golf, pistas de tenis, un hotel de 600 habitaciones, restaurantes, tiendas, una oficina de correos, etc. Todo ello rodeando un gran fragmento de espacio libre alrededor de la calle E42 hacia el que se orientaba el conjunto, dando la espalda al East River, ya que inmediatamente detrás de Tudor City, en la franja que lo separaba del río, se situaban a principios del SXX los mataderos de la ciudad, en los terrenos en los que posteriormente se construiría el edificio de las Naciones Unidas.

La intención de regeneración urbana de esta operación, en su momento el mayor y más alto complejo residencial jamás construido en el mundo, se evidenciaba en diferentes virtudes: por una parte, regenerar una zona decadente de industrias ya entonces en desuso progresivo. Por otra, dotar de actividad al entorno de Grand Central Station, gracias a cuya proximidad los residentes de Tudor City tenían garantizada una alta movilidad regional y metropolitana. Ofrecer a la ciudad un buen fragmento de espacio público también resultaba beneficioso, pero era sobre todo el cruce entre la oferta de apartamentos generalmente ajustados para clase media trabajadora y la ambición monumental, programática y urbana del conjunto, lo que hacía de la operación algo inédito. Este mundo paralelo se completaba con la promesa literaria y mitológica del nombre “Tudor City”, y de la atmósfera casi onírica, gótica o victoriana, y ajena a la gran ciudad a pesar de la escala de la operación, que se percibía al habitar este bolsillo urbano.

A pesar de la evidente audacia programática y organizativa, adecuada a ese nuevo oficinista metropolitano y habitante de Tudor City, es en el cruce improbable entre el enorme esquema urbano y la ficción, completamente artificial y casi irracional, de aplicar componentes epiteliales, decorativos, de aparente estilo tudor a semejante mix-use en altura, donde se produce, a mi entender, el salto ficcional, la introducción de la fantasía en la narrativa de la arquitectura. En términos de Michel Foucault y su famosa conferencia de 1967 Des espaces autres, una arquitectura que facilita su transformación en una “heterotopia”: en un espacio “otro”. En un lugar “fuera de todos los lugares”, capaz de yuxtaponer en un sólo enclave real, diferentes espacios y resonancias que son a priori incompatibles entre sí. Algo de eso encontramos en los ejemplos señalados y con especial artificialidad en Tudor City. Algo de eso valoro en la arquitectura, en su capacidad de activar la imaginación y proyectarnos simultáneamente hacia el futuro y hacia el pasado, hacia lo real y lo imaginario; hacia lo que es y lo que podría ser.

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Texto e imágenes de Jacobo García-Germán (2017).

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