luis moreno mansilla (1959-2012)

MUSEO ZAMORA - LUIS MORENO MANSILLA

Con motivo del primer aniversario de la muerte del maestro Luis Moreno Mansilla querriamos rendirle un pequeño homenaje con esta pequeña visita por una de sus primeras y más queridas obras como es el Museo de Arqueología y Bellas Artes de Zamora. Seguro que seguirá recorriendolo…

Sirviéndonos del Puente Nuevo, que paradójicamente es el más antiguo, cruzamos el río Duero siguiendo la romana ruta de la Plata. Una dirección que nos obliga a perdernos por las estrechas y zigzagueantes calles del antiguo y humilde barrio Puebla del Valle. Cuando de repente aparece una de esas explosiones espaciales del medievo. La plaza Santa Lucía. En un lateral la ecléctica iglesia que da nombre al espacio urbano. En otro el blasonado Palacio del Cordón con su majestuosa portada franciscana. Y entre ellos dos, una pequeña rendija de luz a la que dirigirnos.

 Subimos un puñado de escalones y caminamos hacia el banco buscando el cobijo de su magnolio. Pero una extraña y potente imagen perturba nuestra mirada. Es un gran macizo rocoso en pleno estado metamórfico en muralla. Una situación que redirige nuestra atención hacia su origen. Hacia la tangencial luz del oeste. Y allí de nuevo, otro espacio nos vuelve a enmudecer.

 Un lugar lleno de contrastes. El hombre, la geometría o la precisión frente a la naturaleza, lo orgánico o lo indefinido. Pero también lleno de preguntas. ¿Cómo cualificar los tantas veces denostados interiores de manzana?, ¿cómo dialogar con la potencia de un lugar tan telúrico?, o ¿cómo crear una entrada principal por la parte posterior? Son preguntas que responde la intensidad de esta antesala intersticial.

 Y otra vez una rendija guía nuestro recorrido. Y en ella una escueta presentación mediante una sombra arrojada. MUSEO.

 Una hendidura que muestra un diálogo hermético y pétreo entre el antiguo palacio y el nuevo cubo. Pero también una fisura que ayuda a separar los distintos espacios del conjunto, administrativos y temporales en el primero y permanentes en el segundo, y así situar el inicio de nuestro viaje expositivo.

 Un trayecto que comienza en un espacio cavernoso que exhibe en sus vitrinas numerosos elementos arqueológicos de la región. Objetos que manifiestan el orgullo de la comarca con su arte funerario prehistórico. Dólmenes o túmulos, como el de San Adrián o el del Tesoro, que evidencian la extraordinaria capacidad arquitectónica de sus antiguos habitantes. Extensos y ricos ajuares, como el Infantil de Otero de Sariegos o el Campaniforme de Villanueva del Puente, que muestran la lenta pero firme evolución en su manufactura. Un progreso que se confirma al final de la sala cuando se presenta el espectacular Tesoro Celtibérico de Arrabalde en una no menos impresionante “caja fuerte” diseñada ex profeso.

 Y de nuevo, otra explosión espacial. Una gran sala cúbica de hormigón rellenada por una luz blanca tamizada que nos traslada al mundo romano. Y en ella, imponiendo su presencia, yerguen dos majestuosos mosaicos de la Villa Requejo de Santa Cristina de la Polvorosa. Piezas que conviven espacialmente con otras más sutiles como el brazo de bronce de Rosinos de Vidriales, la aguja para el pelo decorada de Villalazán o las pequeñas figuras metálicas que demuestran el refinado gusto de la sociedad hispanorromana de la zona en todas las escalas.

 Una luz cálida guía otra vez nuestro periplo. Esta vez hacia el fondo de la gran sala y nos emboca a una suave rampa de madera. Ascendemos. Un trayecto por el que nos acompañan un sinfín de estelas funerarias romanas como si de la via Appia se tratase. Hitos que marcan el ritmo de nuestro ascenso espacial y temporal hasta que nos topamos con una elegante talla policromada de una Virgen con el Niño que nos anuncia la época medieval.

 Un salto temporal que también se traduce en la singular espacialidad de una sala en la que se muestran otros de periodos de esplendor de la región. Una grandeza manifestada en delicadas piezas como los Sellos de Bronce de Moreruela de Tábara, la loza de diversos Monasterios o las delicadas cruces de oro del Tesorillo Visigodo de Villafáfila. Pero una época en la que su reputación vuelve a recaer en su arquitectura y, que ante su dificultad exhibicionista, se nos presenta mediante ciertos testigos de la importante iglesia visigoda de San Pedro de la Nave o del singular Monasterio de Santa María de Moreruela.

 Volvemos a ascender. Pero esta vez nuestros compañeros de viaje son varias tallas religiosas que nos predisponen para la sección de bellas artes.

 Y allá en la cima, nos encontramos con una pequeña sala que presume de su carácter singular a pesar de solaparse con la anterior. Iguales pero a la vez diferentes como dirían sus arquitectos. Allí, iluminados bajo una cortina de luz, un recorrido religioso por los distintos estilos pictóricos desde el gótico al neoclasicismo. El Descendimiento del monasterio de San Jerónimo o la Sagrada Familia con San Juan de la iglesia de Santa Maria de Tábara sirven como ejemplos de la monotemática que dominaba la pintura de la zona durante estos siglos.

 Pero el recorrido continúa. Otro estilo y otra sociedad. Un avance materializado en una sala cualificada por dos tipos de luces cenitales diferentes. Una más difusa con la que iluminar los lienzos que interpretan la diversidad de la sociedad zamorana en el pasado cambio de siglo. Contrastes atestiguados por la Pasión de Taberna de Gustavo Maeztu o la Aldeana zamorana amamantando a sus hijos de Jesús Gallego. Y en cambio, una luz más fuerte y dura para iluminar las pequeñas, pero grandes, esculturas de Eduardo Barrón o Baltasar Lobo.

 Otro guiño a la gran sala central nos indica el siguiente tramo. Un trayecto con el que descendemos por una estrecha escalera mientras somos observados de forma altiva por la Mussia de Delhy Tejero. Y una vez abajo, enfilamos la sala dedicada a la ciudad de Zamora. Un espacio a los anteriores y en el que se incluyen vestigios de la urbe como los arcos del claustro del antiguo Palacio de Cordón custodiados por la veleta del Peromato y de La Gobierna en cada lado.

 Y así, como nos sugirió el Exvoto de sandalias (agradeciendo una “marcha y regreso” feliz) de Rosinos de Vidriales, la exposición nos lleva de regreso sobre nuestros propios pasos. Pero algo indica que el paseo debe continuar. Salimos por el muro norte que evidencia los restos románico de la iglesia-almacén de Santa Lucia. Subimos la escondida cuesta de San Cipriano. Giramos su iglesia y nos posamos sobre su mirador. Y es allí, ante la verdadera cara del Museo, cuando el museo nos permite despedimos de él.

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Tuñon y Mansilla
Museo de Arqueología y Bellas Artes de Zamora
Promotor: Ministerio de Educación y Cultura
Dirección: Plaza Santa Lucía, 2 , Zamora
Tarde del 23 de enero de 2013
Dedicado a Luis Moreno Mansilla
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