el edificio favorito de… Jesús Aparicio

2013.04.12 Nageiredo46

Las razones por las que interesa una obra de arquitectura, muchas veces exceden a la propia bondad de la misma. Quiere esto decir que, a la calidad indiscutible de la pieza de arquitectura, se añaden otras cuestiones de orden más circunstancial o subjetivo que tienen que ver con la experiencia, con el dónde, con el cómo y con el cuándo se descubre una determinada obra.

El templo de Nageiredo lo descubrí a través de unos planos y unas imágenes de arquitectura tradicional japonesa que, en reciprocidad a unas clases de Arquitectura Occidental Mediterránea que yo les impartía, me enseñaron mis alumnos en la Keio University. Al ver esa documentación, supe que éste era un edificio que merecía la pena ser visitado, pues era importante para ejemplificar cuestiones que había tenido últimamente en la cabeza y sobre las que estaba escribiendo en el libro Hábitat, un texto en el que se señalan la cabaña y la cueva como dos arquetipos del habitar humano.

Aunque nunca antes había viajado al Extremo Oriente, fue allí, como le sucedió a Darwin al llegar a las Galápagos, donde, viendo tantos templos, jardines y villas, encontré la demostración construida de la teoría del ecumenismo en los arquetipos del hábitat del hombre en la Tierra. En el templo de Nageiredo se sumaban, además, dos de los mencionados arquetipos: la cueva y la cabaña. Un templo donde en su espacio se concitan el poder y el peso de la tierra, manifestado en una roca monolítica existente que da cobijo, y la fragilidad y la ligereza de una cabaña que se construye sobre ella, resultando en un espacio de equilibrio y armonía semejante al del nido construido sobre un risco.

La llegada al templo no es tarea fácil, pues no se encuentra en ninguna de las rutas habituales de Japón. El monje budista que controla la entrada desde el monasterio situado al pie de la montaña, no permite el acceso al templo con calzado inadecuado (es necesario calzar botas de montaña o alpargata tradicional japonesa), ni con lluvia, ni en solitario. El último tramo del recorrido se produce a pie y de forma muy dificultosa, subiendo durante casi una hora por zonas escarpadas, donde solamente es posible mantener el equilibrio manteniendo las cuatro extremidades en el suelo o evitando el precipicio agarrándose a una cadena. Toda esta dificultad no hace sino aumentar el deseo del objeto alcanzado, como una recompensa que se hace esperar. Y es que toda la transición que lleva al encuentro con la arquitectura, comenzando ya con la del viaje, forma parte del hecho arquitectónico.

La anterior dificultad ascendiendo entre la vegetación y las rocas, hace que el templo, que supera las últimas copas de los árboles del bosque, como si de las pirámides de Tikal se tratara (y debo confesar que éstas fueron otra de las posibilidades barajadas a la hora de elegir la arquitectura que debía ser el contenido de este libro), cobre una nueva dimensión, sobre todo en lo que se refiere al valor de un plano horizontal que se suspende ante el paisaje, creando un espacio en el cual el hombre es capaz de volar más allá de sus sentidos.

Texto e imagen de Jesús Aparicio (2015)

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