el edificio favorito de… eduardo arroyo

Casa Schröder visita 1981

Diciembre de 1981. Euka me ha llevado hasta los suburbios de Utrecht a ver una casa extraña que no le gusta a nadie. Al llegar, habla por un agujero metálico en la pared y solicita en su irresistible holandés que nos permitan visitar la residencia. A través del muro analógico se escucha de vuelta una voz anciana, nítida pero hueca, que nos invita a entrar: es Truus Schröder-Schräder y parece habituada a estos asaltos a su intimidad. Con el pelo plateado recogido, sus manos transparentes acarician los muebles coloristas mientras su memoria revive para dos jóvenes desconocidos. Maneja con habilidad parlanchina los múltiples mecanismos deslizantes solicitando nuestra atención a la precisión del sonido que poco a poco transforma el interior. Su sonrisa se ilumina aún más cuando, liberando múltiples destellos cromáticos y brisas variables, manipula los ventanales pivotantes.

-“Gerrit era fascinante, siempre estaba sonriendo y creando, eso le hacía adorable”- nos dice raspando la g, mientras mira irónicamente a los ojos de mi compañera como si le deseara igual suerte. Y continúa:

-“Fue muy valiente y les engañó a todos para colocarla aquí, entre tanta casa aburrida”-. Absorta de nuevo en su taza, llena de té pero vacía de tiempo, sus palabras se enmarañan con su sonrisa:

-“Hicimos la casa que queríamos, eso era lo importante”-.

Al salir, una fina lluvia amplifica el complejo espectro que enmarca su silueta encorvada mientras se despide algo translúcida. Levanto mi brazo y susurro sin intención lo que comprendo: hicieron la casa que querían, ella y él… juntos. Y, siendo ese pacto lo único verdadero, todo lo demás eran obstáculos irrelevantes. En ese instante, como si leyera mi pensamiento atribulado, Euka tira de mi brazo y dice suavemente:

– “¡Ahora te toca a ti hombrecito!”-

Tras algunas tensiones mecánicas, la vieja Norton carraspea quejumbrosa y, con ritmo incierto, a través del edén nos vamos solos.

 (P.S. Una década más tarde, supe que Truus había muerto. Decidimos repetir aquel mítico viaje para terminar descubriendo que su casa había sido restaurada como museo. Decepcionado durante un largo rato, pensaba que medio siglo de vida acariciando colores, transformando brillos y jugando con las brisas a su antojo se habían transformado en un objeto inerte. La casa se había ido con ella…)

Texto e imagen de Eduardo Arroyo (2015)

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