Demasiado antiguo, demasiado moderno (una reflexión sobre Fisac y el valor del paso del tiempo)

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Un 12 de mayo de hace ahora nueve años fallecía uno de los arquitectos más geniales que ha dado España, el manchego Miguel Fisac. Nacido en Daimiel en 1913, tuvo la oportunidad de vivir casi un siglo, y se podría decir que hasta el último de sus días estuvo trabajando, siempre con un espíritu honesto y ambicioso en cuanto a experimentar y a ser creativo y útil. En un sentido sólo cronológico, teniendo en cuenta que la primera de sus obras data de principios de la década de 1940 y la última se ubica entrado ya el siglo XXI, son unos setenta años de carrera arquitectónica que dan lugar a una trayectoria muy rica, cambiante y compleja y a su vez a cierta paradoja, para nada resuelta, en su reconocimiento. Y valdrá el ejemplo de Madrid para esta última cuestión a repensar… La Ley de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid, por resumir un poco, habla de forma difusa del carácter relevante de lo que hay que conservar y de forma muy concreta de la temporalidad por la que algo es ya tan antiguo que merece protegerse (dependiendo de la tipología, si el elemento es anterior a 1900 o a 1936). Así pues, en el caso de Fisac, harían falta aún 25 años para que a efectos legales en el plano autonómico su primera obra fuera considerada Patrimonio, por lo que hay que atender más a lo primero, al carácter relevante, y en este carácter, ignorando por tanto una cuestión de años, son las administraciones locales las que pueden proponer o dejar de proponer, a partir sobre todo de lo que son los Planes Generales de Ordenación Urbana, más conocidos por sus siglas, PGOU.

Como caso paradigmático en todo esto, cabe detenerse en el de los Laboratorios Jorba, la célebre y malograda Pagoda. Dejando aparte las razones y sinrazones de su demolición y hasta las conspiraciones que, según el propio arquitecto, pudo envolver el desastre, el conjunto fue demolido en el verano de 1999, cuando hacía poco más de 30 años de su construcción. ¿Con tan pocos años de existencia podía considerarse ya parte del Patrimonio de Madrid? Sí, ya lo era, sin ninguna duda. Y quizás no constituía de los mejores trabajos de Fisac, aunque ahora sea de los más recordados, pero sus soluciones constructivas y su original uso del hormigón, así como la forma en que se adaptaba al entorno y a la vez lo transformaban en algo nuevo y de lo más atractivo, ya hacían del edificio una obra maestra. Que fuera el único exponente español en la exposición sobre la arquitectura de entre los años 60 y 80 celebrada en el MOMA de Nueva York, no mucho antes de caer bajo la piqueta, no podía resultar sin más fruto de una casualidad. Y ya sólo ante eso, por demasiado reciente que fuera, podía considerarse como un conjunto relevante.

No ha sido, sin embargo, la única genialidad arquitectónica moderna tirada abajo en Madrid. De igual manera sucumbieron, por ejemplo, la Casa Arvesú en Doctor Arce de Alejandro de la Sota o la Fábrica Monkey de Alas y Casariego (autores asimismo del Edificio Windsor, también desaparecido, aunque en las más recientes, extrañas y espectaculares circunstancias que todo el mundo conoce). Ya el PGOU de Madrid de los años 70 se cargó, desde la habitual y apenas soslayada motivación especulativa, y frente a las críticas de muchos intelectuales, todo lo que era la Ciudad Lineal original de Arturo Soria y su CMU, obra maestra del urbanismo moderno, ya reconocida como tal entonces, y de la cual quedan tan sólo su trazado y algunas construcciones aisladas. Como anécdota, entre los gestos de protesta que hubo entonces, destacó en 1975 el trabajo comunitario en la decoración muralista del Barrio de Portugalete, un exponente muy temprano de lo que hoy se llamaría Street Art o Arte Urbano. Participaron en estos actos figuras como Arturo Soria Espinosa, nieto del creador de la Ciudad Lineal, Lucio Muñoz, Juan Genovés o Arcadio (Arcadi) Blasco, a la sazón colaborador de Fisac en las vidrieras de alguno de sus templos. Visto lo visto, de entonces no se aprendió que lo que se pierde es irrecuperable. Años después, el PGOU de Madrid de 1997, con su Catálogo de Elementos Protegidos incompleto y tal vez interesado, se llevó por delante a los dos años de su puesta en marcha los mencionados Laboratorios Jorba de Fisac. Fue tan estruendosa esta demolición que se salvó otro de sus edificios en peligro, el de la MUPAG, y se prometió al fin proteger como Bienes de Interés Cultural (figura legal ya no sólo municipal) edificios posteriores a la Guerra Civil, empezando por el hoy Edificio BBVA de Sáenz de Oíza, pero aún en la actualidad tan sólo está declarado en esta categoría el Instituto del Patrimonio Cultural de España (más conocido como la “Corona de Espinas”), obra de Fernando Higueras y Antonio Miró. De esas renovadas y buenas intenciones con la mejor y más reciente arquitectura han pasado ya más de quince años y en la actualidad, cuando se quiere sacar adelante un nuevo PGOU tan cuestionado como los demás, siguen en el abandono elementos como el Mercado de Frutas y Verduras de Legazpi, el Palacio de la Música (estos dos incluso anteriores a la Guerra Civil), el Pabellón de los Hexágonos de Corrales y Molezún, el Edificio España o la Fábrica de CLESA de De la Sota, salvada in extremis en fechas muy recientes. Del propio Fisac se rumorea en cuanto a un posible cambio de uso del CEDEX, aunque no hay nada claro. Y aún no se sabe muy bien qué propósitos albergaran para todos ellos desde el Ayuntamiento de Madrid, pese a que no deja de haber promesas de un lado y de otro, eso sí, bastante vagas cuando no polémicas.

Es algo que sólo pasa con las artes arquitectónicas, sobre todo por el espacio especulativo que ocupan. En otro campo como el de la pintura, sólo a un necio se le habría ocurrido repintar sobre un lienzo de Picasso, incluso estando en vida, considerando que a lo mejor sin haber muerto no valía tanto. Volviendo a la arquitectura, quizás vaya haciendo falta recuperar la figura del crítico, esa figura antaño tan denostada y que ha terminado casi por desaparecer, cuando no por mantener tan sólo un papel irrelevante y en muchas ocasiones sumiso al poder. No obstante, se trata sobre todo de un problema de educación. Es habitual ver cómo a los más pequeños se les saca de clase para visitar el Museo del Prado o El Escorial, pero tal vez sería igual de importante o más que se les paseara por el barrio propio y se les enseñara cómo nació su entorno y quiénes fueron sus protagonistas históricos. Sólo desde el conocimiento se puede fomentar cierto orgullo de pertenencia al lugar donde se vive, y sólo desde el orgullo se puede hacer que los ciudadanos consideren un deber ético cuidar y conservar todo lo bueno que tienen. Tal vez serán aquellos que alcancen este nivel de consciencia y de responsabilidad los que legislen algún día de una manera correcta en cuanto al Patrimonio Histórico. Hasta entonces, sólo quedará que cada edificio de Fisac o de cualquiera de los demás grandes arquitectos españoles cumpla los años lo antes posible, por si antes no se llegan a considerar relevantes para las autoridades públicas. De seguir así, la que está considerada la última obra de Fisac, el Polideportivo de La Alhóndiga en Getafe, sólo podrá cumplir dichos objetivos de protección con el siglo XXII. Sí, tal cual, ¡el siglo XXII! En definitiva, la obra completa de Fisac es incontestable, pese a que su modernidad (en este caso, no que se adelantara a su época, sino sin más que sea demasiado reciente) parezca un inconveniente para que, ante cualquier vicisitud, ante cualquier interés sobre el uso o los terrenos, pueda garantizarse su pervivencia, pero es de suponer que la mentalidad imperante habrá cambiado para bien mucho antes.

Escrito e imagen (seleccionada) por Javier Rodríguez Cabello  (2015)

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